
Cupido es un niño regordete en las tarjetas de San Valentín. “Amor se llama el juego en que un par de ciegos juegan a hacerse daño”, sentencia Joaquín Sabina. Y los hoteles de paso se llenarán de hombres infieles y secretarias que andan con el licenciado que es casado. Y en todas las esquinas venden globos de corazón y ositos de peluche que nada saben de lujuria. En un motel no se hospeda la ternura. Una mujer llora en la semioscuridad mientras a su lado un hombre satisfecho y desnudo fuma un cigarrillo. No hay peor día para perder la virginidad que un 14 de febrero, en compañía de un tipo que eyacula demasiado pronto. En la radio suena una horrible canción que habla de abandonos. Desde la habitación contigua llegan gemidos obscenos. Aquella chica se cubre con una sábana tiesa que acumula orgasmos tiesos. Observa el condón usado, tirado en la alfombra junto a bolitas de papel higiénico, y un sollozo se ahoga en su garganta. Ni un “te amo”, ni una caricia tierna. Sólo palabras obscenas y aquel dolor en la entrepierna. Nunca olvidará esa tarde, en que se dejó llevar por esa pasión que ciega, por la amenaza de “me das una prueba de tu amor o ahí nos vemos”. Y recordará la angustia al entrar al hotel, los nervios por no saber qué hacer, la vergüenza por desnudarse frente a ese hombre que la mira de una manera que no presagia nada nuevo. Ya no será la misma, no podrá dormir tranquila. Y unas manos recorriendo sin tacto su cuerpo serán parte de sus pesadillas.
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